martes, 19 de octubre de 2010

EL CUENTO DEL TORONTO Y LA ARDILLITA

Hola  blogueros,
Antes de comenzar con mi relato de hoy, debo decirles que los pajarillos rompieron el cascarón el domingo 17 de Octubre del 2010 por la noche, y desde entonces sus padres han estado muy atareados alimentandolos. Por mi parte, he colocado una doble ración de alpiste al pie del árbol para ayudarlos.



Bueno, bueno, basta de festejos, el cuento de hoy dice así:

Una fría tarde de otoño, en la que regresábamos de visitar a unos amigos que vivían en la calle Massachusetts, en Washington D.C., con una amplia sonrisa pintada en la cara, y en las manos, una caja de torontos (obsequio invaluable cuando se ha estado muchos tiempo fuera del terruño), nos encontramos con una ardillita gris americana, esas que abundan en cualquier lugar en donde se encuentre un árbol, con sus grandes e inquietos ojos petrolados, sus pequeñas manos y su gran cola curvada y peluda. Llamó nuestra atención, pues fijó su mirada en nosotros, estaba sola, tal vez buscando un lugar adecuado para resguardar las nueces, tal vez ubicando las últimas enterradas; lo cierto es que tenía carita de hambre. Entonces pensé ¿No es la avellana el alimento favorito de este pequeño acróbata? ¡Teníamos muchas!, todas envueltas en chocolate y contenidas en su papel plateado.



Sin pensar, le dije a mis hijas:

- Ana, Ari, me encantaría poder compartir uno de nuestros torontos con esa ardilla.

Ya era tarde cuando quise detener la acción. Lo que fue una simple ocurrencia paso a ser una aterradora realidad. Ari había arrojado la deliciosa golosina con envoltorio y todo, y la ardillita la tenía entre sus diminutas garras. ¿Y ahora qué? No podía arriesgarme a quitarle el regalo sin ganarme un mordisco, y honestamente les digo que sus exagerados dientes fueron un buen disuasivo.

Para nuestra sorpresa, la ardilla se deshizo cuidadosamente del envoltorio aluminado, royó y desechó la capa de chocolate, y finalmente se comió la avellana. Moraleja: nunca subestimes la inteligencia de un animal, o al menos, la de una ardilla.

Está comprobado científicamente que las ardillas poseen un instinto muy agudo para ubicar las semillas y frutos de los cuales se alimentan, aunque estén entrerrados en huecos muy profundos. La capacidad de supervivencia de esta especie se evidencia con la amplia distribución que posee alrededor del globo terrestre, diversificando sus habilidades para adaptarse a los ambientes más difíciles, dentro de las cuales podemos mencionar la capacidad de planear de la ardilla voladora.



Besos para todos,

MARTINA.

3 comentarios:

SATURNINO dijo...

Uyyyyyy entre los dientes afilados que tanto te atemorizaban, el hambre y la habilidad... en un momento dado me temí que la historia continuaría con el continuo acecho de la ardilla pidiendo otro y otro Toronto, y luego la llegada de otra y otras ardillas.
Una escena de los pájaros de Hitchcock pero con encantadoras y golosonas ardillitas

Julius Caesar dijo...

Jejeje...creo que es probable que a la ardilla no le haya gustado hacer tanto esfuerzo... recuerdo que nos causó mucha gracia el episodio!

Martina dijo...

Ja,ja, ja, muy ocurrente, no sé que habria hecho yo si sucede tal cosa... menos mal que esta ardilla estaba sola.